Por: Américo Solis
Un sector del Congreso jugaba sus cartas por la congresista Susel Paredes; otro, por la profesora Flor Pablo Medina. También se escuchaba el nombre de José Daniel Williams Zapata. El ahora candidato a la primera magistratura Roberto Chiabra se mantuvo en el partidor donde él mismo se había ubicado. Finalmente, el hemiciclo se convirtió en una sola voz, o casi una sola, y evitó la censura de la directiva del Congreso. Tras la declaratoria de la vacancia presidencial y el desalojo de Dina Boluarte de Palacio de Gobierno, la responsabilidad de ocupar el sillón de Palacio de manera transitoria recayó en el presidente del Congreso, José Enrique Jerí Oré, abogado de 38 años.
¿Qué se conoce realmente del actual presidente? Militante de Somos Perú, cuenta con pocos pergaminos en su vida personal. Como ya se sabe, llegó al Congreso de manera fortuita, tras la inhabilitación de Martín Vizcarra, de quien era accesitario en el Legislativo. Así, por una sucesión legal, y no por mérito político, le correspondió asumir el cargo de presidente de la República. Al no contar la exmandataria con un vicepresidente, la ley determinó que el presidente del Legislativo debía asumir el mando hasta julio de 2026.
A poco de que Fernando Rospigliosi, ahora heredero del cargo de Jerí, le colocara la banda presidencial, las redes sociales estallaron con críticas hacia el nuevo inquilino de Palacio. Recordaron la denuncia que enfrentó por violación sexual, un episodio que él negó en su momento y que terminó siendo archivado por falta de pruebas. También salieron a la luz antiguos mensajes suyos, donde sus expresiones hacia las mujeres revelaban un tono, por decir lo menos, inapropiado y relacionado con una probable hipersexualidad.
Recordemos que algo similar sucedió con Manuel Merino de Lama, quien reemplazó a Martín Vizcarra después de que este no superó un segundo pedido de vacancia en su contra. Jerí no está exento de correr el mismo destino que Merino, quien duró menos de una semana como presidente del Perú. Las protestas que se desataron entonces, y que culminaron con la muerte de dos jóvenes y la renuncia de la mayoría del gabinete ministerial, obligaron a Merino a dar un paso al costado.
Hoy, la llamada Generación Z se está organizando para salir a las calles y demandar legitimidad de quien ahora tiene las riendas del gobierno. A través de un comunicado que nadie firma, una supuesta organización con esa denominación anuncia una manifestación para mañana con el objetivo de rechazar el gobierno de José Jerí. Espera que toda la población se sume a esta protesta, que presenta como pacífica, aunque ya sabemos cómo suelen terminar este tipo de asonadas, aprovechadas por pequeños grupúsculos políticos que buscan jalar agua para su molino.
Boluarte, por su parte, luce hoy un semblante distinto. No me refiero a las cirugías a las que se sometió, según afirmó por razones médicas y de salud, sino a un cambio en su expresión: más conciliadora, menos confrontacional, más contenida frente a quienes antes criticaba sin reservas. Esa fue la impresión que dejó cuando brindó breves declaraciones a la prensa en la puerta de su casa, en Surquillo. Paradojas de la vida: durante meses se negó a hablar con la prensa y ahora, despojada del poder, sale a buscar a los reporteros y se muestra locuaz.
En cualquier otro país, una crisis de esta magnitud habría detenido la marcha del Estado, sacudido los cimientos institucionales y despertado una indignación general. Pero aquí, en el Perú, no. Al día siguiente, todo siguió igual. La economía no se detuvo, la gente volvió a sus rutinas y el país continuó su camino como si nada hubiera pasado, como si solo hubiéramos presenciado una nueva anécdota de la política peruana, breve, intensa y, lamentablemente, pasajera.
Ahora solo se espera conocer al equipo que acompañará a Jerí. Ojalá no responda a una cuota partidaria, como nos tuvo acostumbrados la señora Dina, sino que se convoque a personas con una hoja de vida limpia y la experiencia necesaria para desarrollar una gestión adecuada en un momento en que el país vive una emergencia y se encuentra cercado por la criminalidad y la corrupción en todos sus niveles. No queremos una autoridad tradicional que aparezca todos los días en las pantallas de televisión en ceremonias organizadas por los diferentes sectores del Ejecutivo, que solo responden a la equivocada costumbre de intentar mejorar la imagen de un líder.
El país no necesita más figuras de ocasión ni discursos de emergencia. Necesita decisiones firmes, transparencia y un verdadero sentido de servicio. Porque si algo nos ha enseñado esta crisis, es que la improvisación tiene un costo, y el Perú ya lo está pagando demasiado caro.

















