Por: Américo Solís
Fue una visita que me conmovió desde el primer instante. Mientras caminaba por los ambientes del Centro Nacional de Recursos de Educación Básica Especial del Minedu, en Lince, sentí que el corazón se me arrugaba al ver a niños y niñas sin la posibilidad de ver lo que sucede a su alrededor y aun así capaces de iluminarlo todo con una fuerza interior que nace de lo más profundo. Era la primera vez que ingresaba a este lugar donde la sensibilidad se vuelve trabajo y donde la educación se construye con texturas, con sonidos y con esperanza.
Nunca antes había vivido algo parecido. El CENAREBE elabora material educativo para estudiantes con discapacidad visual, pero al estar allí comprendí que su labor es mucho más grande. Es un puente hacia la autonomía, la imaginación, la inclusión y la oportunidad. Es un camino que sostiene la dignidad de miles de niñas y niños que merecen aprender en igualdad de condiciones y abrirse paso en un mundo que a veces no los mira cómo debería.
Conocí de cerca la realidad de muchos pequeños que no pueden mirarnos a los ojos y aun así sienten la vida con una intensidad que desarma. Escuché a un niño llamado Sebastián y les juro que no pude contener algunas lágrimas. Me pregunté por qué la vida es tan injusta con personitas que solo quieren descubrir el mundo a su manera, mientras tantas otras personas que pueden caminar sin dificultad y ver con claridad pasan el día quejándose y maldiciendo su suerte.
Cada vez estoy más convencido de que el sentido de la vida cambia conforme avanzan los años. Creo que todos tenemos una misión en esta tierra. A veces es sencilla y silenciosa. Tender la mano a quienes de verdad nos necesitan. Renunciar a un poco de nuestra comodidad para abrir un espacio de luz a quienes no tuvieron las mismas oportunidades. Buscar, aunque sea una chispa de felicidad para quienes miran el mundo con otros sentidos, pero con un corazón que late igual que el nuestro.


















