Por: Américo Solis
A pocos días de acudir a las urnas para elegir a las próximas autoridades que conducirán los destinos del país, el ambiente dista mucho de reflejar entusiasmo o expectativa. El proceso electoral no ha logrado instalarse en la conversación cotidiana y, cuando el tema surge, lo que predominan son críticas, cuestionamientos y expresiones de desencanto.
Las agrupaciones políticas que participan en esta contienda electoral, unas más que otras, han invertido fuertes cantidades de dinero y han recurrido a todo tipo de recursos con el objetivo de despertar el interés ciudadano, pero ese llamado apenas ha encontrado eco en un sector menor del país. Para la gran mayoría, la elección del próximo domingo transcurre más como un trámite obligatorio que como un momento decisivo para el rumbo nacional.
Lo que se ha ofrecido desde tribunas, entrevistas, manifestaciones públicas y redes sociales ha sido, en su mayoría, un catálogo de promesas desconectadas de la realidad. Propuestas que parecen ignorar el contexto de un país que, pese a su enorme potencial, ha sido sumido en la oscuridad por obra de esta casta política que, elección tras elección, reproduce los mismos vicios. La corrupción, el oportunismo y la improvisación han terminado por erosionar la confianza pública hasta el punto de convertir la política en sinónimo de desengaño.
Resulta paradójico observar que vivimos en un territorio privilegiado. El Perú posee un mar de riqueza pesquera incalculable, una diversidad mineral que sostiene economías enteras, una agricultura que no tiene comparación en la región, una herencia cultural milenaria, destinos turísticos únicos y una gastronomía que hoy es carta de presentación ante el mundo. Tenemos recursos, historia y talento humano. Lo que no hemos logrado consolidar es una dirigencia a la altura de ese potencial.
La pregunta, entonces, no es qué le falta al país, sino qué nos falta como conducción política. Nos faltan autoridades que piensen en términos de nación y no de beneficio personal. Líderes capaces de desprenderse de ambiciones económicas y de cálculos mezquinos. Gobernantes que entiendan que las ideologías, cuando se convierten en dogmas anacrónicos, solo sirven para estancar y dividir, y que el verdadero desafío es trabajar con un objetivo común, hacer grande al país con políticas públicas eficaces, honestas y sostenibles.
La ciudadanía percibe con claridad la distancia entre el discurso y la realidad. Escucha a candidatos que se autodenominan representantes del pueblo mientras forman parte de ese linaje de políticos que ha normalizado prácticas que contradicen esa afirmación. Esa disonancia ha generado un escepticismo profundo. No se trata de apatía por desinterés, sino de cansancio acumulado frente a promesas reiteradas que nunca se traducen en cambios tangibles.
El país no necesita más discursos, palabrería ni expresiones que buscan despertar el lado emotivo del elector. Necesita coherencia, integridad y visión de futuro. Necesita que quienes aspiran a gobernar comprendan que el mandato ciudadano no es un cheque en blanco, sino una responsabilidad histórica. Y, sobre todo, necesita que dejen de engañarnos con la falacia de que son del pueblo cuando, en la práctica, se han acostumbrado a vivir de espaldas a él.


















