Por: Américo Solis
Uno de los mayores retos que enfrenta un líder cuando asume el rol de vocero de su institución es el control de sus emociones. Hablar en público no es solo cuestión de carisma o espontaneidad; requiere preparación, estrategia y, sobre todo, conciencia del impacto que cada palabra puede tener en la audiencia.
En los entrenamientos de medios (media training), se enfatiza que el vocero no está para responder preguntas de manera reactiva, sino para transmitir mensajes clave que queden grabados en la mente y los oídos de quienes lo escuchan. Parte de esta preparación implica el uso de un lenguaje claro y accesible para garantizar que el mensaje sea comprendido sin dificultad. Sin embargo, esto no significa desbordarse en expresiones emocionales fuera de lugar, que más que conectar con la audiencia, evidencian desconocimiento o falta de sensibilidad ante temas de especial cuidado.
Además, se recomienda adaptar el mensaje al público, ser auténtico y permitir que la comunicación refleje la identidad del líder. No obstante, algunos malinterpretan esta recomendación y terminan priorizando su emoción e interés egocéntrico por encima de un discurso bien estructurado. Como resultado, en los últimos tiempos hemos visto a varios funcionarios públicos—cuyos nombres no es necesario mencionar—cometer desatino tras desatino, desconcertando a quienes los escuchan.
Lejos de aceptar las recomendaciones y trabajar en una comunicación más estratégica, algunos líderes se aferran a sus impulsos, creyendo erróneamente que la espontaneidad y la falta de filtro son sinónimo de autenticidad. Esto no solo afecta su imagen, sino que también puede generar crisis innecesarias para la institución que representan. Por ello, un buen líder debe comprender que su actitud y capacidad comunicativa son fundamentales para construir confianza y credibilidad en su gestión.

















