Por: Jaime Bautista
Hoy el aire se siente distinto, cargado con el peso de seis años que parecen una eternidad. Recordar aquel anuncio de la OMS es abrir una herida que en el Perú nunca terminó de cerrar bien. Hace 6 años se anunció la existencia de la pandemia del Covid-19, el virus que paralizó el mundo.
Somos el país que caminó por el abismo, cargando con la cifra más dolorosa de ausencias por cada habitante. En nuestras calles, la melancolía no es solo por el encierro pasado, sino por los vacíos en la mesa que aún duelen en cada almuerzo familiar. Perdimos abuelos, familiares, vecinos que guardaban la historia de la casa y padres que eran el único sostén, dejándonos una sensación de orfandad colectiva que el tiempo no ha sabido curar.
Caminar hoy por Lima o cualquier provincia es ver un país que sobrevivió, pero que quedó marcado por el miedo y la precariedad que la pandemia desnudó sin piedad. Nos queda el consuelo amargo de la resiliencia, esa palabra que usamos para no decir que seguimos intentando avanzar con el corazón roto.
A ese dolor se suma la amarga certeza de la impotencia. Recordamos las filas interminables bajo el sol buscando un balón de oxígeno que valía más que el oro, y ese silencio sepulcral de las avenidas que solo se rompía por el sonido de las sirenas. No solo nos dolió la enfermedad, nos dolió darnos cuenta de lo solos que podíamos estar frente a un sistema que se desmoronaba, dejándonos únicamente la solidaridad entre vecinos como última línea de defensa.
Me tocaron personalmente algunos episodios que nunca olvidaré: no poder ver a mis padres, solo verlos a través de una puerta o ventana, o ver a mis hijos solo de lejos para no contagiarlos por la responsabilidad de mi trabajo, fue durísimo. Me contagié tres veces; en una de ellas preocupante, fue como una escena de la película Ghost: La sombra del amor: sentí que querían llevarme, al cual me resistí para seguir aquí. Recuerdo que para sobrellevar la ansiedad, me reunía virtualmente con mis amigos de la adolescencia.
Hoy, seis años después, nosotros, nuestra familia, nuestro país parece haber recuperado su prisa habitual, pero en el fondo habita una tristeza silenciosa. Es el suspiro que se escapa al pasar por un hospital o al ver una mascarilla olvidada en un cajón; recordatorios de que, aunque el mundo siguió girando, una parte de nuestra esencia se quedó detenida en aquel marzo, esperando un abrazo que nunca llegó a darse, pero aprendimos uno muy importante, prestar atención más a la limpieza.

















