Por: Américo Solis
Los plazos se acortan para las elecciones generales de abril del 2026 y, como en toda mala película de bajo presupuesto, comienza el desfile de los mismos actores de siempre junto a nuevos aventureros que se creen con los méritos suficientes para llegar a Palacio o asegurar un asiento en el renovado Congreso bicameral.
Más de 40 partidos están inscritos para este proceso, lo que asegura una avalancha de candidatos dispuestos a vender promesas recicladas como si fueran novedad. Personajes que en algún momento se esfumaron entre aplausos tibios y derrotas que no les dejaron una lección clara regresan ahora maquillados de salvadores, convencidos de que su retorno es una “segunda oportunidad”. Como si el Perú fuese un reality show en el que el público pidiera el reingreso de los eliminados.
Ahí aparecen los advenedizos que creen que sus discursos reciclados y cargados de populismo van a convencer al electorado. Hablan solos, se escuchan a sí mismos y pretenden vendernos la idea de que la nostalgia disfrazada de experiencia es lo que el país necesita. Son eruditos del oportunismo, maestros en disfrazarse de héroes cuando en realidad solo buscan el mismo botín de siempre.
Ministros con las renuncias ya redactadas bajo el brazo se alistan para tentar un curul en la Cámara de Diputados o en la de Senadores. El de Justicia no esperó mucho y se adelantó en la carrera, quizás más por temor a una inminente censura que por convicción, o tal vez buscando la impunidad ante tantas denuncias que carga sobre sus espaldas.
En paralelo, el Congreso, ese circo que nunca descansa, tampoco podía quedarse fuera del espectáculo. Los congresistas de la vergüenza, que ya no saben si legislan o hacen stand-up, muchos de ellos “trabajando” de manera virtual —algo increíble—, ahora sueñan con convertirse en senadores, blindados por una bicameralidad que ellos mismos diseñaron como traje a la medida. Pudor, ninguno; hambre de poder e inmunidad, de sobra.
Lo más alarmante no es que vuelvan, sino que siempre regresan con la misma receta de leyes hechas entre gallos y medianoche, discursos vacíos y promesas recicladas que venden como progreso. Al final no es más que retroceso con etiqueta nueva. Y todavía se preguntan con descaro por qué no volver. La respuesta la tienen a la vista: porque ya estuvieron y no dejaron nada bueno.
Mientras tanto, los verdaderos problemas siguen en coma profundo. Educación, Salud, Agricultura, Minería y, sobre todo, seguridad ciudadana permanecen en abandono. La criminalidad y la extorsión se han normalizado, pero los candidatos prefieren ofrecernos castillos en el aire. ¿Acaso creen que hemos olvidado a qué saben sus promesas de cartón?
El menú electoral tampoco trae novedades. Cómicos, exalcaldes, periodistas desenfrenados metidos a políticos, empresarios disfrazados de filántropos y viejos parlamentarios buscando revancha. Los rostros cambian, pero el guion es el mismo: soberbia, hipocresía y egolatría en abundancia. Todo lo que jamás debería acompañar a quien dice querer rescatar al país.
La responsabilidad está en la ciudadanía, que debe aprender a distinguir entre un servidor público y un vendedor de humo. No se trata de ideologías ni de colores partidarios, porque cuando se habla de poder y dinero la ideología siempre queda en el cajón. Lo único que ha primado es el beneficio personal y de grupo. Las pruebas están frente a nosotros.
El Perú no necesita más zombis políticos que se levantan cada cinco años con hambre de votos. Necesita gente que entienda que el poder no es para servirse, sino para servir. Y aunque parezca un argumento repetido, es lo único que todavía no hemos probado.

















