Por: Américo Solis
No sé si a ustedes les ha pasado, pero cuando uno camina por las calles de Lima —y, probablemente, en muchas otras ciudades del país—, basta con cruzarse con una mujer para notar algo particular en su expresión y su lenguaje corporal. Es común ver cómo esquiva la mirada, su rostro se endurece en una expresión de desconfianza. Estos gestos, tan cotidianos, reflejan una realidad que merece ser reflexionada. ¿Lo han notado también?. La mujer de hoy está a la defensiva. ¿Por qué sucede esto ahora, cuando antes no era tan común? La respuesta es clara: hoy, el hombre es percibido con desconfianza, como un posible agresor o incluso un feminicida en potencia.
Desafortunadamente, debido a un pequeño grupo de psicópatas, sin importar su condición, raza o profesión, los hombres son vistos ahora bajo una lupa sospechosa. No se trata de un prejuicio cualquiera, sino de una visión radical y violenta que afecta a todos los hombres, independientemente de su comportamiento. Este estigma generalizado es una consecuencia directa de las acciones de unos pocos, pero su impacto es profundo en la sociedad.
Vivimos en una sociedad donde la mujer enfrenta un riesgo constante. No se trata solo de los casos aislados de abuso o violencia, sino de un entorno en el que las mujeres son frecuentemente violentadas, agredidas y abusadas. Y lo peor de todo es que, muchas veces, su sufrimiento queda en el silencio. El dolor de las mujeres se oculta, ya sea por miedo, vergüenza o desconfianza en el sistema que debería protegerlas. Además, muchas veces las autoridades, en lugar de brindar apoyo, se muestran renuentes a involucrarse, lo que genera una sensación de impotencia y desamparo.
Lo más triste es que, en ocasiones, solo recordamos a las mujeres y su sufrimiento en fechas como el “Día Internacional de la Lucha contra la Violencia hacia la Mujer”. Durante este día, se alzan las voces en defensa de los derechos de las mujeres, los grupos feministas se movilizan, pero pronto se apagan, y con ello se diluye el compromiso de una sociedad que debería ser más constante en su lucha.
En este contexto, las mujeres se sienten más seguras en entornos rodeadas de su propio género que de hombres, temerosas de encontrar un agresor que despierta su monstruo interior, capaz de infligirles abusos de diversas formas y, en el peor de los casos, de arrebatarles la vida, como lo casos que difunden a menudo los medios de comunicación.
Es lamentable que, debido a un grupo de individuos que no representan a todos los hombres, se haya generalizado una desconfianza hacia ellos. Esta realidad nos invita a reflexionar sobre cómo transformarla. Como sociedad, debemos ser conscientes de que la violencia hacia la mujer no solo afecta a las víctimas, sino a todos, generando desconfianza e inseguridad. La solución pasa por construir un entorno más justo, empático y seguro, especialmente para las mujeres, quienes merecen vivir sin miedo.















