Por: Jaime Bautista
Era un sentir distinto. Una mezcla de euforia y esperanza porque la música se sentía como un portal a un mundo feliz, sin violencia ni miedo, a pesar de los tiempos extremos que hería al país. El rock de los 80s, tenía un brillo propio: una alegría necesaria para dejar de lado lo que no sumaba.
Llegó la primavera y con ella, dos conciertos paralelos que dividían el corazón: uno en la Plaza San Martín y otro en el Parque Kennedy de Miraflores. Cada uno con una lista interminable de bandas peruanas. Elegí el Centro. Quería ver a Chachi Luján, Dudó, Feiser y, sobre todo, a Río. Quise ver a Pocho Prieto interpretar «Televidente»; aún recordaba el impacto de ver su videoclip en mi tele de 14 pulgadas en blanco y negro, ese del famoso «no hay chaca-chaca sin Ariel».
Pero al llegar, el golpe: el estrado estaba vacío, aislado y sin rastro de los músicos. La bronca era colectiva. Sin embargo, no me desmoralicé. Decidí ir al otro concierto. ¿Lejos? Sí. ¿Problemas? Solo tenía el pasaje de vuelta. Pero a esa edad uno no camina, uno zarpa.
Emprendí la ruta a paso firme: Nicolás de Piérola, Abancay, 28 de Julio y toda la Av. Arequipa. No recuerdo el cansancio; en ese entonces, la fatiga no existía si había una guitarra eléctrica, un bajo y la bateria al final del camino.
Llegué pasadas las siete de la noche. El aire de Miraflores ya vibraba con La Banda Azul. Pero el plato fuerte, el que justificaba cada kilómetro caminado, era Frágil.
Vi entrar a Jorge Durand y a Luis Valderrama; luego apareció Tavo Castillo y la atmósfera cambió. De pronto, raudo, ingresó Andrés Dulude para encender el escenario con esa fuerza que hacía delirar a todos. Antes de terminar, Dulude giró, miró hacia la Av. Larco y nos contó la historia de la movida miraflorina, de esos viernes que fueron la chispa del himno de todo un país. Tavo soltó el intro de «Avenida Larco» y ahí entendí que la caminata había valido la pena. No era para menos: estaba frente a la historia del rock.
Los 80s no eran solo una década; eran mi refugio, una primavera eterna donde la música nos hacía invencibles frente a cualquier miedo. Allí, bajo las luces del Kennedy, entendí que el rock no era algo que yo escuchaba, sino algo que yo era.
Esa noche supe que esa pasión no tendría fecha de caducidad. Fue, es y será siempre el sentir, porque aunque los años pasen y el peinado escolar quede solo en fotos, cuando suena Río, Frágil o alguna otra banda de los ochenta, vuelvo a ser ese adolescente que cruza la ciudad entera solo para sentir que la vida, gracias al rock, es maravillosa.

















