El cierre del periodo legislativo 2021-2026 no puede ser tratado como un simple trámite administrativo o un saludo protocolar a la bandera, la clausura definitiva de este Parlamento representa, en realidad, el fin de uno de los capítulos más cuestionables de la historia democrática reciente del Perú.
Al apagar las luces del modelo unicameral tras más de tres décadas de vigencia, la representación nacional se despide en su hora más baja, arrastrando niveles históricos de desaprobación ciudadana y dejando una herencia legislativa minada por el interés propio y la degradación ética.
El sello distintivo de este quinquenio parlamentario ha sido, sin duda, la consolidación de la «ley express». Bajo la flagrante práctica de exonerar proyectos de la segunda votación obligatoria y saltarse el debate técnico en comisiones, se dieron reformas estructurales entre gallos y medianoche. Desde modificaciones al sistema electoral y retrocesos en la reforma universitaria, hasta la amputación de herramientas clave para la lucha.
A esta vorágine legislativa se sumó la normalización de la impunidad corporativa, personificada en el vergonzoso fenómeno de los «mocha sueldos», recorte sistemático de los salarios de los trabajadores del propio Congreso dejó de ser un escándalo aislado para revelarse como una práctica institucionalizada en diversas tiendas políticas.
El viejo refrán criollo de «otongo no come otongo» se convirtió en la supervivencia de una coalición que blindó a los suyos a cambio de, rebajando drásticamente las sanciones o archivando los casos bajo justificaciones inverosímiles. El mensaje enviado a la ciudadanía fue devastador: las leyes no alcanzan a quienes tienen la potestad de redactarlas.
Hoy se despide en liquidación, con una legitimidad pulverizada, pero habiendo asegurado su propia supervivencia política a través de las reformas que ellos mismos diseñaron. La gran paradoja de este cierre es que el mismo Parlamento que hoy se retira bajo la sombra del descrédito es el que configuró las reglas de juego para el retorno a la bicameralidad.
A partir del próximo mes, el Perú estrenará una Cámara de Diputados y un Senado, quedando en manos de una ciudadanía desencantada y vigilante fiscalizar si el nuevo modelo de dos cámaras servirá verdaderamente como un filtro de calidad y decencia contra la mediocridad legislativa, o si, por el contrario, solo se tratará de un escenario más grande y costoso para la reproducción de los mismos vicios que hoy lamentamos.














