Por: Américo Solis
El debate electoral con once candidatos a la presidencia no despejó dudas; más bien terminó siendo, antes que un ejercicio esclarecedor, una confirmación de las incertidumbres que ya arrastraba un amplio sector de la ciudadanía sobre quienes aspiran a ocupar la primera magistratura del país.
Lejos de ofrecer claridad, varios optaron por el ataque fácil, como hienas tras la carroña, mientras otros intentaron exhibir una solvencia que no lograron sostener. Gobernar un país con profundas carencias, golpeado por la violencia criminal y asfixiado por una corrupción que parece no tener límites, exige algo más que frases ensayadas y gestos sobreactuados.
Lo que vimos fue, en buena medida, un desfile de candidatos desgastados, tratando de proyectar un conocimiento que no terminan de dominar, y de otros más incisivos, cuyo principal recurso fue descalificar al rival antes que construir una propuesta sólida. ¿Argumentos de fondo? Los mismos de siempre. El ya conocido “shock de inversiones”, la reiterada propuesta de aplicar la pena de muerte y las infaltables fórmulas casi mágicas que prometen soluciones rápidas a problemas estructurales.
Sin embargo, sería injusto no reconocer que el formato también jugó en contra. El tiempo fue escaso y la dinámica no favoreció el desarrollo de ideas complejas. Pero incluso dentro de esas limitaciones, lo mínimo esperable era respeto por las reglas y un esfuerzo genuino por comunicar propuestas claras. Nada de eso terminó de consolidarse.
Al final, fue un debate que no logró elevar la discusión pública ni ofrecer certezas a un electorado que demanda respuestas urgentes. Más que un punto de quiebre, terminó siendo la reiteración de una política atrapada en sus propias limitaciones.
Quedó una sensación difícil de ignorar: no es que falten problemas por resolver; lo que escasea, cada vez más, es la capacidad de quienes aspiran a gobernar para estar a la altura de esos desafíos. Y eso, más que una crítica, es una advertencia.
No quiero ser mezquino. Considero que Marisol Pérez Tello, candidata presidencial de Primero La Gente, sin ser particularmente brillante, logró destacar en medio de la pobreza general del debate. Por momentos, su desempeño ofreció mayor claridad frente a intervenciones marcadas por la improvisación y el lugar común.
Sin embargo, ese contraste, aunque evidente, no fue suficiente para elevar el nivel de una discusión que nunca alcanzó ni la intensidad ni la profundidad que un elector esperaría de quienes aspiran a conducir el país.


















