Por: Américo Solis
Finalmente, después de un tiempo, hizo lo que antes había negado. Betssy Chávez, la ex primera ministra del gobierno de Pedro Castillo, ahora enfrentando un proceso por su participación en el intento de golpe de Estado del 7 de diciembre de 2022, se asiló en la Embajada de México en Perú, según lo confirmó el canciller Hugo de Zela.
En su momento, Chávez Chino había rechazado las versiones que la vinculaban con una posible fuga hacia la residencia diplomática mexicana, afirmando que enfrentaría la justicia y que no tenía intención de pedir asilo. Sin embargo, el tiempo demostró que sus palabras no eran ciertas.
Después de ser liberada por el Tribunal Constitucional y con la audiencia para evaluar la extensión de su prisión preventiva a la vista, decidió buscar refugio político, seguramente con el apoyo cercano de su abogado Raúl Noblecilla. Había faltado a cuatro audiencias consecutivas y estaba a punto de ser declarada reo contumaz, lo que habría implicado su conducción obligatoria al proceso.
Como sabemos, el Ministerio Público está pidiendo veinticinco años de cárcel por el delito contra los Poderes del Estado y el Orden Constitucional en la modalidad de rebelión, en agravio del Estado peruano. Desde septiembre, ya se había advertido el riesgo de que, una vez en libertad, optara por el asilo como una forma de evadir la justicia.
Lo sucedido vuelve a evidenciar la fragilidad institucional del país y la facilidad con que algunas figuras políticas logran evadir los procesos que deberían afrontar. La ex premier sigue los pasos de Lilia Paredes, esposa de Pedro Castillo, y genera nuevamente tensión en la relación diplomática entre Lima y Ciudad de México, donde el asilo político se ha convertido en refugio.
Ante este escenario, el gobierno decidió romper relaciones diplomáticas con los Estados Unidos Mexicanos. También es oportuno recordar el caso de Nadine Heredia, esposa del expresidente Ollanta Humala, condenado a quince años de prisión efectiva por lavado de activos, quien, tras obtener asilo, dejó el país y se refugió en Brasil.
El asilo político nació como una forma de protección contra la persecución, pero en los últimos años ha evolucionado en una opción conveniente para aquellos que temen enfrentar las consecuencias de sus acciones. Esta decisión reabre el debate sobre los límites del asilo y su uso, que a veces se aleja de la defensa de las libertades y se convierte en una forma de evadir la rendición de cuentas.

















