Por: Américo Solis
En política, la mentira suele tener recorrido… pero no destino. Puede avanzar algunos metros, ganar titulares o incluso aplausos momentáneos, pero tarde o temprano termina alcanzada por la verdad. Y aunque en el Perú estamos lamentablemente acostumbrados a que muchos políticos jueguen con medias verdades o silencios convenientes, el problema se vuelve más preocupante cuando aparecen nuevos personajes con pretensiones de renovación que terminan recorriendo el mismo camino de siempre: el de la no verdad.
El carrusel de las críticas sigue girando a toda velocidad. Hace algunos meses, el periodista y abogado Carlos Spa, líder de la agrupación política Sí Creo, se convirtió en blanco de cuestionamientos por parte de un sector del periodismo y también de los llamados “influencers” políticos. El motivo fue la decisión de sumar a sus filas al almirante Jorge Montoya.
La incorporación de una figura cuestionada por varios de sus comentarios públicos, crítico de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y percibido como un personaje poco empático y distante, no terminó de convencer a muchos. Pese a las explicaciones ofrecidas, lo cierto es que la movida restó parte de la simpatía que la nueva agrupación venía ganando en un electorado cansado de ver siempre a las mismas figuras en la política.
Pero la política peruana siempre encuentra nuevas polémicas para alimentar el debate. Esta vez el foco de atención se ha desplazado hacia otro exmilitar, no de la Marina sino de la Fuerza Aérea, el hoy aspirante político Wolfgang Grozo, quien ha pasado en pocos días de presentarse como una suerte de “outsider” a protagonizar un incómodo episodio que vuelve a poner sobre la mesa el viejo problema de la credibilidad.
La controversia estalló a partir de la difusión de fotografías junto al empresario Zamir Villaverde, personaje conocido en la escena política por sus múltiples vínculos con figuras del poder y por su cercanía con el entorno del expresidente Pedro Castillo. Villaverde no es precisamente un desconocido en los escándalos políticos recientes, por lo que cualquier proximidad con él despierta inevitablemente sospechas.
Lo que ha complicado más la situación es la contradicción. Cuando se le consultó por su relación con Villaverde, Grozo intentó restarle importancia asegurando que apenas lo conocía “de un hola y chau”. Sin embargo, las imágenes difundidas parecen contar otra historia. Y en política, cuando las palabras y las evidencias no coinciden, la credibilidad es la primera víctima.
Más allá del episodio puntual, el asunto revela algo más intrincado: la fragilidad de los discursos de renovación. Muchos candidatos se presentan como “outsiders”, como si ese rótulo fuera suficiente para garantizar integridad o transparencia. Pero la política no se limpia solo con etiquetas nuevas. La coherencia, la transparencia y la verdad siguen siendo pruebas inevitables.
Porque, al final, la vieja frase vuelve a confirmarse: la mentira puede caminar un trecho, pero tiene las patas cortas. Y en tiempos de redes, archivos digitales y memoria pública, cada vez le resulta más difícil llegar muy lejos.


















