Por: Jaime Bautista
Siete años después de que el mundo se detuviera, el eco de la pandemia de COVID-19 aún resuena con una profunda carga nostálgica en la memoria colectiva. Aquel año, transformó la realidad peruana cuando el decreto de Emergencia Sanitaria Nacional impuso una inmovilización obligatoria inmediata. El aislamiento buscaba frenar un virus que cruzó continentes hasta la capital, para luego expandirse con velocidad hacia las regiones del interior.
El paso de los días y los meses sumió en la incertidumbre a miles de ciudadanos, afectando principalmente a estudiantes y trabajadores temporales que habían viajado por vacaciones o empleo. La recesión económica y la falta de ingresos paralizaron sus vidas en la capital, lo que llevó al Gobierno Central a transferir presupuestos a los Gobiernos Regionales para organizar los traslados humanitarios de retorno.
El suceso que recordaremos siempre es esta travesía ocurrida el 24 de mayo del 2020, año del confinamiento, cuando un grupo de 105 ciudadanos (27 de Huancaraylla, 19 de Llusita y 59 de Circamarca) logró retornar desde Lima. Según el informe de Andrés Oré, alcalde de Huancaraylla los viajeros pasaron estrictos controles y cumplieron las prevenciones sanitarias en Huamanga antes de recibir la autorización final para ingresar a sus comunidades de origen.
El momento más emotivo se vivió en la «repartición» de Huancapi, el cruce vial hacia Huancaraylla, donde una comitiva integrada por el alcalde distrital Andrés Oré Cahuana, el alcalde de la provincia de Fajardo, César Palomino Cárdenas; el consejero regional Eulogio Cordero García, la autoridad sanitaria y de la Policía Nacional de la provincia, esperó el arribo del contingente. Las imágenes grabadas por el autor del video, Jenry Huamani, narraban el acercamiento de los tres buses; en las curvas cercanas al paradero conocido como “repartición” se asomaba ese nudo en la garganta al ver llegar a los paisanos.
Ya en Huancaraylla, el descenso de los pasajeros construyó un escenario vibrante de nostalgia, donde la tristeza por la crisis vivida se transformó en una profunda alegría al verlos por fin a salvo en casa, protagonizando un hecho sin precedentes en la historia de sus pueblos. Este escenario nos entristece, pero a la vez dio alegría al verlos en casa, porque nunca se vivió ni se pensó que una pandemia afectara de tal manera nuestras vidas cotidianas, nuestras actividades o las costumbres que desarrollamos en cada hogar y pueblo.

Posterior a cumplir el protocolo de siete días de cuarentena en el colegio Santo Domingo, cuyas aulas se adecuaron para el descanso de cada uno de ellos, los pasajeros finalmente salieron hacia sus domicilios. Así pudieron retomar sus acostumbradas actividades, cumpliendo con el deber del día a día, el trabajo y las responsabilidades de cada hogar.
Hoy, al volver la mirada hacia ese tiempo de incertidumbre, se hace evidente que en pueblos como Huancaraylla, Circamarca y Llusita la pandemia se vivió de una manera mucho más sensible y profunda. El aislamiento era una espera contenida, un latido de resistencia comunitaria donde el dolor por la distancia se curaba con la esperanza del reencuentro, y los familiares desde la capital permanecían atentos y preocupados por cada pariente que vive en su pueblo de origen.
Aquella temporada nos demostró que, mientras el mundo entero flaqueaba, la fuerza de la tierra y la unión de su gente permanecieron intactas. La memoria de los tres buses cruzando los cerros y ríos quedó grabada en el sentir fajardino como el símbolo eterno de que la vida, las costumbres y el amor por el origen siempre encuentran el camino de regreso a casa.
No se puede dejar pasar de mencionar a quienes trabajaron desinteresadamente en ese momento crítico, tales como los residentes en general y los directivos de los Centros Sociales Lima: Llusita, Huancaraylla y Circamarca por su constante apoyo desde y para la capital. Asimismo, destacar a las autoridades locales, distrital y provincial, quienes junto a las autoridades de las tres comunidades y a sus pobladores, se organizaron en forma coordinada para acatar las normas y ejecutar la contingencia con absoluta responsabilidad.
Al final, este doloroso capítulo nos dejó una lección perdurable: nos hicimos fuertes en la tormenta, a pesar de la adversidad que significó la pandemia, supimos afrontar el miedo con coraje, la distancia con arraigo y la incertidumbre con una resistencia inquebrantable. Aprendimos que no hay crisis capaz de quebrar el espíritu de un pueblo que camina unido, y que la verdadera riqueza de nuestras comunidades está en esa capacidad compartida de levantarse, sanar y seguir labrando el futuro con la frente en alto, así es la hermandad de cada poblador, de cada comunidad, de cada residente fuera de su pueblo.


















