Por: Américo Solis
El presidente José Jerí ha comenzado su gestión con claros gestos que lo diferencian de su antecesora, Dina Boluarte, cuya administración dejó poco bueno que recordar. Su paso por Palacio de Gobierno quedó marcado por tropelías, desencanto y una percepción generalizada de ineficacia. Sin embargo, los gestos simbólicos se agotan rápido y no bastan para convencer a la opinión pública, aunque la señora Boluarte ya le haya dejado una aprobación que difícilmente podría caer más.
Entre sus primeras acciones destacan las reuniones con sectores clave del país, la coordinación con gobiernos regionales y locales, y la remoción del presidente de Petroperú, cuya permanencia la gestión anterior defendió pese al evidente colapso económico de la empresa. También oficializó la Ley 32468, que eleva la sanción por homicidio por sicariato a cadena perpetua. A ello se suma la declaratoria del estado de emergencia en Lima y Callao por 30 días, una medida que el gobierno anterior no la ejecutó con rigurosidad pese al incremento sostenido de la criminalidad. Asimismo, dispuso el cambio inmediato de directores y subdirectores de penales, como ocurrió en Piura tras la fuga de internos. Y no olvidemos su apertura hacia la prensa nacional. Son acciones correctas, ejecutadas sin miramientos, como debe ser. Sin embargo, tengamos en cuenta que las acciones siempre son importantes, pero lo que más se valora son los resultados, que es lo que espera la mayoría de peruanos.
No obstante, en la lucha contra el crimen organizado, el gobierno aún no logra establecer una línea clara ni efectiva que devuelva la tranquilidad a la población. Las estrategias en curso repiten esquemas ya probados, con resultados limitados. La diferencia es que ahora, al menos, hay autoridades que no dedican su tiempo a adular a quien las nombró, sino que asumen el reto de devolver algo de institucionalidad al aparato estatal. Aun así, es poco probable que en tan corto tiempo se logren grandes transformaciones, aunque sí es posible avanzar en sectores claves como Economía, Interior, Minería, Educación y Salud.
Durante la gestión de Dina Boluarte hubo ministerios que prácticamente desaparecieron de la escena pública: nadie sabía qué hacían ni quiénes los dirigían. En un sector, que no vale la pena mencionar, incluso comentaban que no sabían qué hacer con tantas camisas, polos, casacas y uniformes personalizados que usaban los ministros y funcionarios, una inversión que costó miles de soles en los 19 ministerios. Ahora, con Jerí, parece haberse terminado esa farra. Cada ministro se viste con dinero de su propio bolsillo, y se entiende que la verdadera identificación con su sector no debe reflejarse en un logo bordado o en un gorrito, sino en las acciones que realiza y en los resultados que entrega.
El país no necesita más políticos que busquen brillar en el corto plazo ni gobernantes preocupados por la imagen o el uniforme. Lo que el Perú requiere con urgencia es coherencia, autoridad moral y resultados palpables. Ojalá que esta nueva etapa sirva, aunque sea parcialmente, para recuperar algo de orden, credibilidad y sentido de servicio público; tres virtudes que, lamentablemente, parecen haberse extraviado hace mucho tiempo.

















