Por: Américo Solis
Después de algunos años, he vuelto a la experiencia, necesaria y quizá impostergable, de pasear mis escasos músculos y huesos por un gimnasio. El cuerpo lo pedía, es cierto, pero más aún la mente, cansada de una rutina diaria marcada por el estrés que, como una marea silenciosa, va calando sin que uno se percate.
Esta vez, mientras tránsito a diario por uno de los tantos gimnasios repartidos en los distritos de la capital, me he detenido a observar el paisaje humano que se mueve entre pesas, máquinas y espejos, un espectáculo que no pasa desapercibido para cualquier ojo atento a sus visitantes.
Allí están los jóvenes de bíceps, tríceps y pectorales en pleno ascenso, atentos a cada detalle de su incipiente musculatura. Se colocan frente al espejo como si se miraran a sí mismos en un ritual de validación y constancia, celebrando cada pequeño avance que devuelve el esfuerzo invertido en sus cuerpos.
También hay otros, ya entrados en cuerpo, que parecen ir al gimnasio no solo a entrenar, sino a exhibirse. Se pasean con soltura, deteniéndose frente al espejo como si esperaran verse reflejados en los ojos de quienes recién comienzan.
Pero no todo es juventud ni vanidad. El gimnasio es un crisol de edades y motivaciones. Hombres y mujeres de distintos perfiles siguen al pie de la letra las rutinas marcadas por entrenadores de físico esculpido, cuyos cuerpos son, sin duda, la mejor tarjeta de presentación. Se desplazan por el recinto con naturalidad, conscientes del tiempo que les ha costado cada fibra ganada y orgullosos de exhibir lo que han construido gracias a una disciplina constante.
También están ellas, asiduas al entrenamiento, vestidas con mallas ajustadas que parecen diseñadas más para lucir sus delineadas formas que para ejercitarse. Algunas se muestran producidas, como si el gimnasio fuera una pasarela antes que un campo de batalla para ganar músculos. Los espejos, en su caso, son cómplices fieles de cada movimiento y de cada ángulo trabajado. Hay mujeres de todas las edades y contexturas. Muchas de ellas se esfuerzan por cumplir rigurosamente sus rutinas y salir bien libradas de cada tarea.
Y, por supuesto, estamos los que volvemos. Quienes, como yo, asumimos una rutina más conservadora, sin estridencias ni grandes aspiraciones musculares, pero con la perseverancia necesaria para enfrentar al tiempo. Porque no se trata solo de verse bien, sino de sentirse mejor. La caminadora es una parada obligada: media hora de cardio para recordarle al cuerpo que sigue vivo. Luego, algunas máquinas que ayudan a fortalecer lo que ya amenaza con abandonarnos.
Y finalmente, está la figura que más me ha conmovido: un adulto mayor que calculo tendrá ochenta años o más. Asiste puntualmente, como si cada visita formara parte de una ceremonia que honra su compromiso con la vida. Siempre lleva su buzo plomo, sencillo y sin pretensiones, pero camina con la dignidad de quien se sabe dueño de su tiempo. Al ingresar, saluda con gentileza a todos los que encuentra a su paso, dejando tras de sí una estela de respeto y perseverancia.
Su presencia inspira. No habla mucho, pero dice mucho con su constancia. En él, el ejercicio ya no es un medio para transformarse, sino una forma de mantenerse. Una forma de resistir al desgaste sin renunciar a la vida activa.
No sé si este regreso sea un nuevo comienzo, pero sí es, al menos, una reconciliación. Entre el cuerpo y la voluntad. Entre el paso del tiempo y las ganas de no dejarse vencer.

















