Por: Américo Solis
«Tengan cuidado, las calles están peligrosas», esta es una de las recomendaciones habituales que, día tras día, se repite en los hogares de todo el país. Es el reflejo del miedo que nos invade frente al peligro constante que acecha a cada ciudadano, ya sea caminando, utilizando el transporte público o incluso en su propia movilidad.
La criminalidad, en sus múltiples formas, ha robado nuestra paz. Vivimos en un estado de zozobra permanente debido a los acontecimientos que se repiten en gran parte del territorio nacional. En lo que va del año, hasta ayer jueves, se han registrado 75 homicidios. Esta cifra, por alarmante que parezca, no contempla los hechos que puedan ocurrir hasta el día y hora en que ustedes lean esta publicación.
¡Alarmante! La delincuencia en Perú sigue siendo una de las principales preocupaciones de la ciudadanía. Sin embargo, las autoridades responsables de garantizar nuestra seguridad insisten en que esta ola delictiva está en retroceso. Desde su posición, parecen mirar al mundo a través del prisma de la negación, ignorando una realidad que golpea de frente a millones de peruanos.
El contraste entre las declaraciones oficiales y lo que vive la población resulta indignante. Mientras las cifras aumentan y las calles se convierten en territorios de riesgo, los discursos gubernamentales parecen más enfocados en mantener una imagen que en ofrecer soluciones reales y efectivas.
Urge que las autoridades actúen con responsabilidad, dejando de lado las palabras vacías, y prioricen estrategias concretas que devuelvan la tranquilidad a nuestras comunidades. La seguridad ciudadana no es una estadística más ni un tema para debatir en discursos políticos; es una necesidad vital y una deuda pendiente con cada ciudadano que, día a día, teme por su vida y la de sus seres queridos.

















