Por: Américo Solis
No sé si en otros países de la región se otorgan incentivos económicos a sus fuerzas policiales como parte de su labor, tal y como propone el gobierno en nuestro país. Esta iniciativa ha generado una amplia controversia y, en su mayoría, rechazo por parte de exministros, exjefes policiales y expertos en seguridad nacional, quienes cuestionan su viabilidad. Argumentan que esta medida podría incrementar los riesgos de corrupción, ya evidenciados en algunos casos que involucran a efectivos policiales, desvirtuar el propósito del programa de recompensas e incluso representar una afrenta a la institucionalidad de la Policía Nacional del Perú (PNP).
Además, la opinión pública no ha tardado en manifestar su desconcierto, calificando la propuesta como una medida de dudosa efectividad frente a la crisis de seguridad que enfrentamos. El panorama actual está marcado por una criminalidad desbordada, donde los medios de comunicación reportan diariamente asesinatos por cobro de cupos, extorsiones y feminicidios.
En este contexto, resulta imperativo cuestionar si los incentivos económicos propuestos representan una solución efectiva o, por el contrario, agravan la incertidumbre en un sistema ya profundamente debilitado. ¿Forma esta medida parte de una estrategia integral y coherente para enfrentar delitos como el sicariato y la extorsión, que han echado raíces peligrosamente en nuestra sociedad? Hasta ahora, las acciones impulsadas por el Ministerio del Interior han estado lejos de cumplir con las expectativas, dejando a los ciudadanos en un estado de constante zozobra.
El incremento alarmante de actos delictivos no solo ha teñido de luto a innumerables familias, sino que también ha desafiado la capacidad del Estado para garantizar la seguridad y la tranquilidad de sus ciudadanos. Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿es esta propuesta el camino que realmente necesitamos para recuperar el control, o es simplemente un acto desesperado frente a un problema que parece inabarcable?


















