Por: Américo Solis
Desde niño, mis padres me enseñaron a respetar a la Policía. No sé si a ustedes les ocurrió lo mismo. Recuerdo cómo, al caminar de la mano con mi madre por las calles de Lima, me acercaba a un efectivo para saludarlo. Sentía una emoción especial al interactuar con alguien que representaba autoridad, protección y seguridad. Incluso, ya de joven, llegué a imaginarme vistiendo ese uniforme verde que los identifica como guardianes del orden y la tranquilidad.
Sin embargo, esa imagen ideal se ha ido desdibujando con el paso del tiempo. Y no me refiero a toda la institución, porque aún hay valientes efectivos que pierden la vida combatiendo la delincuencia. Me refiero a aquellos que, habiendo jurado defendernos, cruzaron la línea. Oficiales y subalternos involucrados en los mismos delitos que debían combatir: extorsión, robo, chantaje y violencia contra la libertad sexual de las mujeres.
Las últimas noticias han dado cuenta de hechos condenables protagonizados por policías, presumiblemente integrantes de una organización criminal, entre ellos un ex jefe del Grupo Terna. Lejos de proteger, han vulnerado gravemente la confianza ciudadana. No se trata de hechos aislados, sino de una secuencia que duele, indigna y obliga a la reflexión.
Esos actos no solo erosionan el vínculo entre el ciudadano y la institución, también hieren la memoria de quienes sí honraron su juramento hasta las últimas consecuencias. Aquel uniforme que alguna vez inspiró respeto, hoy genera desconfianza en amplios sectores de la población. Recuperar su valor simbólico dependerá no solo de sancionar con firmeza a quienes traicionaron su vocación, sino de impulsar una reforma institucional profunda, honesta y sostenida.
Quiero ser claro: no son todos. Pero en los últimos años se ha hecho evidente que un número preocupante de quienes visten el uniforme verde ha infringido la ley, poniéndose al mismo nivel de los delincuentes que deberían enfrentar. Y muchos de esos casos hacen hoy titulares por la gravedad de los delitos cometidos.
¿Qué hacer ante esta realidad? Más aún en un país cercado por la criminalidad, que crece sin freno mientras las autoridades siguen sin articular respuestas efectivas. No basta con equipar a la Policía, como algunos sectores insisten. No servirá de nada mientras no se entienda que el honor es un valor insustituible, un emblema que debe guiar el comportamiento policial con bases sólidas de ética, moral y compromiso auténtico con el país.


















