Por: Américo Solis
Leo con asombro y tristeza cómo en redes sociales algunas personas celebran la muerte del periodista Jaime Chincha Ravines. Lo hacen únicamente por el hecho de que él expresó siempre lo que pensaba, sin disfraz ni cálculo, ejerciendo un derecho que, aunque hoy parece estar en discusión, sigue siendo fundamental en toda democracia: la libertad de expresión.
Es precisamente esa libertad, la libertad de opinar, disentir y cuestionar al poder, la que algunos intentan condicionar según sus simpatías políticas o intereses personales. Seguimos siendo selectivos incluso ante la muerte, y eso dice más de nosotros que de quien ya no está.
Por otro lado, resulta preocupante y oportunista que se haya intentado relacionar el fallecimiento de Jaime con las declaraciones de Luis Llanos, un personaje que ha buscado protagonismo en el escenario político. Llanos había afirmado que el crimen organizado iba a atentar contra la vida de un periodista y dejó entrever que altos niveles del poder podrían estar involucrados. ¿Responsables de qué crimen? ¿Con base en qué pruebas? Lo que dijo no fue una denuncia seria, sino una especulación alarmista, fantasías lanzadas sin responsabilidad en medio del dolor, que solo buscan confundir y polarizar aún más a la opinión pública.
La muerte de un periodista no debe usarse como capital político, ni para sembrar teorías sin sustento, ni para alimentar odios. A Jaime Chincha se le pudo haber criticado o admirado, pero jamás se podrá negar su compromiso con el oficio y con la palabra. Su voz fue parte del debate democrático que toda sociedad necesita para no volverse sumisa ni silenciada.
No perdamos la humanidad en la crítica. Y no confundamos la búsqueda de justicia con el oportunismo político. Cuando la verdad se usa como un instrumento más de la estrategia política, es la democracia la que termina herida.
A Jaime Chincha no recuerdo exactamente en qué circunstancias lo conocí, pero llegamos a mantener una amistad, como suele ocurrir entre quienes ejercemos la profesión del periodismo. Su muerte me devuelve a una realidad que a veces preferimos no ver: la vida es un préstamo, y nunca sabemos hasta cuándo estaremos en este mundo, tan frágil y cambiante como nosotros mismos.

















