Por: Jaime Bautista
En 1988, seis años después de egresar del colegio, trabajaba en una imprenta en el centro de Lima, allí escuché en una emisora local, el anuncio de la llegada de Indochine. Era la banda que marcó mi etapa escolar y mayoría de sus temas fueron los que hicieron de nuestra fiesta de promoción, en ese entonces, por la moda, yo lucía el mismo peinado que ellos
Claro que asisti, hice lo imposible para estar presente en aquella noche mágica donde el concreto del Coliseo Amauta dejó de ser frío para vibrar bajo el pulso de la banda ochentera.
Era abril de aquel año y Lima, una ciudad golpeada por la crisis y el toque de queda, encontró en cuatro franceses el escape perfecto.
Ya presentes en el coliseo, impaciente esperaba el ingreso de la banda. Desde el inicio del show, pasaron los temas más predilecto, la algarabía se adueñó de los presentes, más que nada con los primeros acordes de «L’Aventurier» con el que retumbó el recinto, el delirio fue total, no era solo un concierto; era un fenómeno social.
Nicola Sirkis, con su estética mística y rebelde, pregonando con un francés elocuente, quien ya habia conectado de inmediato con una juventud peruana que adoptó sus canciones como himnos de libertad.
El Amauta, abarrotado, se convirtió en una caldera de gritos y saltos. Temas como «3e Sexe» y «Canary Bay» se coreaban en un francés improvisado del típico limeño, pero apasionado, mientras la banda, sorprendida por la magnitud del recibimiento, entregaba una energía que desbordaba el escenario.
Esa presentación no solo marcó un hito en la historia del rock en el Perú por su impecable sonido y puesta en escena, ademas de ser parte de mi adolescencia, Indochine logró lo impensable: que en medio de la oscuridad de finales de los 80, Lima logró brillar con luz propia bajo el hechizo del pop francés.

















